viernes, 19 de septiembre de 2008

Bordado, Ray Bradbury

Bordado

En el porche oscuro, en las últimas horas de la tarde, había un relampagueo de agujas, como el movimiento de un enjambre de insectos de plata a la luz. Las tres mujeres torcían la boca sobre el trabajo. Inclinaban los cuerpos hacia atrás, y luego imperceptiblemente hacia adelante, moviendo las sillas mecedoras, y murmuraban. Cada una de las mujeres se miraba las manos como si hubiesen descubierto de pronto que allí golpeaban sus corazones.
-¿Qué hora es?
-Las cinco menos diez.
-Tengo que levantarme y pelar esos guisantes para la cena.
-Pero... -dijo una.
-Oh, sí, me había olvidado. Tonta de mí...
La primera mujer se detuvo, dejó el bordado y la aguja y miró por la puerta abierta del porche el tibio interior de la casa silenciosa, la callada cocina. Allí, sobre la mesa, como los más puros símbolos de vida doméstica que ella hubiese podido ver, descansaba el montón de guisantes recién lavados, en sus limpias y elásticas cáscaras, esperando que unos dedos los trajeran al mundo.
-Ve a pelarlos si te hace feliz -dijo la segunda mujer.
-No -dijo la primera-. No quiero. No quiero realmente.
La tercera mujer suspiró. Bordó una rosa, una hoja, una margarita en un campo verde. La aguja de bordar se alzaba y desaparecía.
La segunda mujer estaba trabajando en el más fino, el más delicado bordado de los tres y dando hábiles puntadas, lanzando la aguja por innumerables caminos. Su rápida y negra mirada acompañaba todos los movimientos. Una flor, un hombre, un camino, un sol, una casa; la escena crecía bajo su mano; una belleza en miniatura, perfecta en todos los hilados detalles.
-En momentos así parecería que una vuelve siempre a sus manos -dijo, y las otras asintieron de modo que las mecedoras se mecieron otra vez.
-Se me ocurre -dijo la primera mujer- que nuestras almas están en nuestras manos. Pues hacemos con ellas todas las cosas. A veces pienso que no las usamos bastante. Al menos es cierto que no usamos nuestras cabezas.
Todas miraron con más atención lo qué hacían las manos.
-Sí -dijo la tercera-, cuando una recuerda toda una vida, parece que recordase menos las caras que las manos, y lo que ellas hicieron.
Contaron para sí mismas las tapas que habían levantado, las puertas que habían abierto y cerrado, las flores que habían recogido, las camas que habían tendido, todo con dedos rápidos o lentos, según su hábito o costumbre. Recordaban, y veían una agitación de manos, como en el sueño de un brujo, y puertas que se abrían de pronto de par en par, grifos que se cerraban, escobas sacudidas, niños azotados. No se oía otro sonido que un murmullo de manos rosadas; el resto era un sueño sin voces.
-No hay que preparar cenas esta noche, ni la noche de mañana o la de pasado mañana.
-No hay que abrir o cerrar ventanas.
-No hay que recordar recetas de cocina de los periódicos.
Y de pronto las tres mujeres se echaron a llorar. Las lágrimas les rodaron suavemente por la cara y cayeron sobre las telas donde se retorcían los dedos.
-Esto no nos ayudará -dijo al fin la primera mujer, llevándose la yema del pulgar a los párpados. Se miró el pulgar y estaba húmedo.
-¡Mirad qué he hecho! -dijo la segunda mujer, exasperada.
Las otras dejaron de bordar y miraron. La segunda mujer sostenía en alto su bordado. La escena era casi perfecta. El bordado sol amarillo brillaba sobre el bordado campo amarillo, y el bordado camino castaño se curvaba hacia la bordada casa rosada. Pero en la cara del hombre junto al camino había algo raro.
-Tendré que sacar todos los hilos, para arreglarlo -dijo la segunda mujer.
-Qué lástima.
Todas miraron atentamente la hermosa escena que tenía un defecto.
La segunda mujer empezó a sacar los hilos con sus relampagueantes tijeritas. La figura salió hilo por hilo. La mujer tiraba y arrancaba, casi con un maligno placer. La cara del hombre desapareció. La mujer siguió tironeando de los hilos.
-¿Qué has hecho? -preguntó la otra mujer.
Se inclinaron y vieron lo que ella había hecho.
El hombre ya no estaba junto al camino. La mujer lo había quitado del todo.
No dijeron nada y volvieron a sus trabajos.
-¿Qué hora es? -preguntó una.
-Las cinco menos cinco.
-¿Dijeron que ocurrirá a las cinco?
-Sí.
-¿Y no saben aún qué pasará realmente cuando ocurra?
-No, no con seguridad.
-¿Por qué no los detuvimos antes que llegaran tan lejos, y alcanzara este tamaño?
-Es dos veces mayor que antes. No, diez veces. O quizá mil veces.
-Esta no es como la primera de la última docena. Es distinta. Nadie sabe qué hará.
Las tres mujeres esperaban en el porche entre el aroma de las rosas y la hierba recién cortada.
-¿Qué hora es?
-Las cinco menos un minuto.
Las agujas brillaron con fuegos de plata. Se sumergieron como un menudo cardumen de peces metálicos en el aire cada vez más oscuro del estío.
Muy lejos se oyó el zumbido de un mosquito. Luego algo parecido a un retumbar de tambores. Las tres mujeres torcieron las cabezas, escuchando.
-No oiremos nada, ¿no es cierto?
-Dicen que no.
-Quizá somos tontas. Quizá pasarán las cinco y seguiremos limpiando guisantes, abriendo puertas, revolviendo sopas, lavando platos, preparando almuerzos, pelando naranjas...
-¡Oh, cómo nos reiremos de habernos asustado con un viejo experimento!
Las tres mujeres se sonrieron un instante.
-Las cinco.
Las mujeres enmudecieron y volvieron al trabajo. Los dedos se apresuraron. Las caras se inclinaron sobre sus frenéticos movimientos. Los dedos bordaron lilas y hierbas y árboles y casas . No hablaban, pero uno podía oír cómo respiraban en el silencioso aire del porche.
Pasaron treinta segundos.
Al fin, la segunda mujer suspiró aliviada.
-Me parece que iré a pelar esos guisantes para la cena -dijo-. Yo...
Pero ni siquiera tuvo tiempo de alzar la cabeza. En alguna parte, a un lado, vio que el mundo brillaba y se incendiaba. No miró, pues sabía qué era, ni tampoco las otras, y en ese último instante los dedos de las tres siguieron volando. No miraron a un lado para ver qué le ocurría a la región, la ciudad, la casa, aun el porche. Se quedaron mirando los dibujos entre las manos revoloteantes.
La segunda mujer vio cómo se iba una flor bordada. Trató de bordarla de nuevo, pero se iba en seguida, y luego desaparecieron el camino y las briznas de hierba. Advirtió un fuego, que se movía lentamente casi, y se apoderaba de una casa bordada y le sacaba las tejas, y arrancaba una a una las hojas de un arbolito verde, y vio que el sol mismo se deshacía en la tela.
Luego el fuego pasó a la punta de la aguja, que todavía relampagueaba; observó el fuego que le corría por los dedos, los brazos, el cuerpo, y le deshacía el hilado del ser, tan esmeradamente que ella podía apreciar toda su demoníaca belleza. Nunca supo qué le hacía el fuego a las otras mujeres o al mobiliario o al olmo del patio.
Pues ahora, ¡sí, ahora!, le arrancaba el bordado blanco de la carne, el hilado rosa de las mejillas, y al fin le entraba en el corazón, una rosa blanca y roja cosida con fuego, y le quemaba los frescos, bordados y delicados pétalos uno a uno.
Ray Bradbury de Las doradas manzanas del sol, de Editorial Minotauro.
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