PABLO SALOMONE
(ARGENTINA)
Periodista y locutor, habiendo trabajado en varios medios de comunicación (diarios, radio y televisión) nacionales e internacionales. Tengo publicado un libro de poemas: "Confluencias" y he formado parte de diversas antologías: "Más cuentos irónicos"-México, Antología Nº 7 de la SADE-Argentina y las antologías Nº 3,4 y 5 del Encuentro de Escritores Entrerrianos que organiza y publica la Universidad Nacional de Entre Ríos-Argentina. Mis cuentos se han publicado, además, en suplementos culturales y diarios de México, Chile, El Salvador, Nicaragua, Honduras , Guatemala y Costa Rica. Fui también el único cuentista que participó invitado especialmente en el III Encuentro de Poetas de El Salvador (2005) donde estaban poetas de la talla de Heriberto Montano, Otoniel Guevara, Edgardo Nieves Mieles, Rafael Barnet. Jorge Boccanera y otros de igual peso y trascendencia. Tengo 5 libros inéditos de cuentos
Nací en Colón (la hermosa) Entre Ríos el 19 de diciembre de 1959. Actualmente vivo en Oro Verde Entre Ríos. Tengo 5 hijos (Vanina, Ernesto, Juan , Manuel y Matteo)
HOMBRE QUIETO, PABLO SALOMONE
Vengo desde un lugar cualquiera y estoy esperando, en la fea Terminal de Ómnibus de Villaguay, para seguir mi viaje. Ya no me acuerdo de dónde es que vengo, ni a dónde es que voy ahora. Estoy sentado solo, mirando ninguna cosa en el resplandor rojizo de las luces que se reflejan en el cielo encapotado sobre la ciudad. Hace frío, el banco es incómodo y me he quedado sin cigarros. Los minutos pasan demasiado lentos para mi ansiedad y no puedo dormir.Un hombre sin equipaje, alto, flaco, de barba canosa y ojos profundamente negros, está sentado más allá, también solo. La falta de valijas o bolsos me hace suponer que está haciendo tiempo para ir al trabajo o para volver a su casa. Fuma sin parar, un cigarrillo tras otro.
Cuando no aguanto más me acerco, lo saludo y, con un descaro que no me reconozco pero que tampoco me molesta y ni a él parece importarle, le pido que me convide un pucho.
—¿Hace mucho que espera? —me pregunta, alcanzándome uno de sus Jockey Club.
—Demasiado para mi gusto, amigo. Ya no sé qué hacer para que el tiempo se haga más llevadero... Y, como ve, hasta me he quedado sin poder fumar, para colmo de males.
—Sí, son molestas las esperas.
—¿Se va de viaje, también?
—No.
—¡Ah!... ¿Está haciendo tiempo para volver a su casa desde el trabajo?
—No.
—¡Ah!
Parezco un idiota preguntando lo que, evidentemente, no quiere responder y decido volver a la dureza de mi banco. Doy las gracias y ya me voy cuando, con un gesto, me pide que me quede y dice:
—Larrazábal se llamaba...
—El que esperaba en el puerto de Concepción del Uruguay, allá por el año 1979... Si quiere le cuento....
—Parecía que el hombre esperaba algo... Desde antes de la salida del sol que estaba así, quieto, sentado en la punta norte del puerto, de cara al río, mirando la isla Camba Cuá, la costa uruguaya, la lejanía, la nada... Cada tanto encendía un cigarro de hoja, de los baratos, y tomaba un trago de la botella de vino tinto y caliente que estaba a su lado. El calor era irritante y húmedo, pero al hombre parecía no importarle, él solo esperaba. Y así se hizo la tarde de ese día, y también la noche. El hombre no se movió. El hombre estaba quieto. Quieto.
—Siga —le digo, mientras doy una larga y última pitada, me siento junto a él y me acomodo mejor.
—Bien entrada la madrugada, una canoa que traía un hombre flaco, alto y de barba canosa se asoma de a poco, lentamente, por la boca del canal... El de la canoa venía desde el otro lado de la isla, desde más atrás del banco de arena, desde el lado uruguayo. Se acerca hasta donde el hombre sigue sentado, y cuando llega, salta a tierra, mira al otro a los ojos que también lo miran, se agacha un poco más, y sin palabras, sin decir una sola palabra, lo ensarta en el estómago con un cuchillo de hoja mellada... Una sola vez lo ensarta, con odio, hasta el mango, y agranda la herida haciendo un tajo largo hacia el costado derecho. Sabe que no hace falta más.
—Convídeme otro cigarrillo, por favor —le pido.
El hombre saca el atado, me extiende otro Jockey Club y me lo enciende, prende uno él también y después de una intensa pitada sigue hablando.
—El ensartado agranda la boca, pero no grita. Se mira la herida abierta por donde asoman sus tripas ensangrentadas y sucias con mierda, y es lo último que ve antes de morirse... Así pasaron las cosas, amigo... Como ya le dije, Larrazábal se llamaba el muerto, y Larrazábal se llamaba, también, el matador.
—Así pasaron las cosas, dice usted, con mucha simpleza... ¿Y qué más?
—El hombre quieto, el que esperaba, había renunciado hacía muchos años a una mujer en Tacuarembó. No había querido, o no había sabido amarla y se vino para Argentina escapando de las sombras de su propia sombra que le reprochaba. Pasaron los años, varios, y terminó con sus huesos en Concepción del Uruguay, hombreando bolsas en los barcos del puerto, a falta de algo mejor... El que ni siquiera se atrevió a escapar, él mismo, el que se quedó en el pueblo para que ella lo repudiara, nunca se lo perdonó y esperó siempre el momento de cobrarse esa cobardía, la suya.
—¿Qué pasó con Larrazábal? ¿Lo sabe?
—Murió.
—No digo ese Larrazábal, si no el matador.
—Murió. Matándose, murió, lógicamente. Así pasaron las cosas... Los de Prefectura Naval encontraron el cadáver cuando hacían el rondín, pero nunca pudieron desenmarañar el crimen y ya han cerrado el caso para siempre.
—Nunca podrán saber, por lo que veo.
—No. Quédese tranquilo.
—Gracias por avisarme.
No dice nada... Me extiende el paquete de cigarrillos para que tenga hasta que abran los kioscos y pueda comprarme los cigarros baratos, esos que me gustan tanto. Después se va, caminando lentamente, hasta perderse en las calles de Villaguay.
Cuando llegue mi colectivo subiré sabiendo que mi destino, sea cual sea, será, por fin, el último; que ya no habrá necesidad de seguir huyendo... Y sé que un día, también, voy a poder volver a Tacuarembó... Pienso si habrá sido una coincidencia que un hombre alto, flaco y de barba canosa, como yo, haya sido el mensajero que esperé por tanto tiempo, o si tal vez alguno hace que las cosas pasen así.
Nunca lo sabré.
Comienza a llover. La cicatriz de la herida del vientre me duele un poco con la humedad, pero no me importa. Me acurruco en el incómodo banco y vuelvo a ser, como aquella vez, un hombre quieto que espera.
Pablo Salomone







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