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sábado 14 de enero de 2012

Lucrecio, Poeta, Marcel Schwob

 Lucrecio, Poeta, Marcel Schwob

Lucrecio pertenecía a una gran familia que se había retirado lejos de la vida civil. Sus primeros días recibieron la sombra del pórtico oscuro de una alta casa erigida en la montaña. El atrio era severo y los esclavos mudos. Desde la infancia lo rodeó el desprecio por la política y los hombres. El noble Memmio, que tenía su misma edad, se sometió, en el bosque, a los juegos que Lucrecio le impuso. Juntos se maravillaron ante las rugosidades de los viejos árboles y atisbaron el temblor de las hojas bajo el sol, como un verde velo de luz manchada de oro. Observaron a menudo el lomo estriado de los cerdos salvajes que hozaban el suelo. Pasaron junto a zumbantes cohetes de abejas y movedizas bandas de hormigas en marcha. Y un día, al salir de un bosquecillo, llegaron a un claro rodeado de viejos alcornoques, plantados tan cerca unos de otros, que su círculo formaba en el cielo un pozo de azul. El reposo de este asilo era infinito. Parecía que estuvieran en un camino ancho y claro que los condujera hacia lo alto del aire divino. Lucrecio se sintió conmovido por la bendición de los espacios tranquilos.
Con Memmio dejó el templo sereno del bosque para ir a Roma para estudiar elocuencia. El viejo caballero que gobernaba la alta casa le impuso un profesor de griego y lo conminó a que no regresara hasta no haber dominado el arte de despreciar las acciones humanas. Lucrecio no volvió a verlo más. El caballero murió solitario, execrando el tumulto de la sociedad. Cuando regresó Lucrecio a la alta casa vacía, traía al entrar en el atrio severo, ante los esclavos mudos, a una africana bella, bárbara y malvada. Memmio había vuelto a la casa de sus padres: Lucrecio había visto las sanguinarias facciones, las guerras de partidos y la corrupción política. Y se había enamorado.
Desde el principio su vida transcurrió encantada. La mujer africana apoyaba las masas redondas de su cabellera contra los tapices de las paredes. Todo su cuerpo se entregaba al reposo de los lechos. Rodeaba con sus brazos cargados de esmeraldas traslúcidas las cráteras llenas de vino espumoso. Tenia una extraña manera de levantar un dedo y mover la cabeza. Sus son-risas procedían de una fuente profunda y tenebrosa como los ríos de África. En vez de hilar la lana, la desmenuzaba pacientemente en pequeños vellones que volaban a su alrededor.
Lucrecio deseaba ardientemente fundirse con ese hermoso cuerpo. Apretaba sus pechos metálicos y pegaba su boca a esos labios de un color violeta oscuro, Las palabras de amor pasaron del uno al otro, entre suspiros y risas, hasta que se gastaron. Tocaron el velo flexible y opaco que separa a los amantes, Su voluptuosidad tuvo más furor y deseó cambiar de persona. Llegó hasta el extremo agudo en que se expande alrededor de la carne sin penetrar las extrañas. La africana se acurrucó en su corazón de extranjera. Lucrecio se desesperó al no poder hacer el amor. La mujer se volvió altiva, sombría y silenciosa, semejante al atrio y a los esclavos. Lucrecio paseó por la sala de los libros.
 Alli desplegó el rollo en el que un escriba copió el tratado de Epicuro.
Comprendió enseguida la variedad de las cosas de este mundo y la inutilidad de esforzarse por las ideas. El universo le pareció semejante a los pequeños vellones que la africana esparcía por las salas. Los enjambres de abejas y las columnas de hormigas y el tejido movedizo de las hojas fueron para él un conjunto de conjuntos de átomos. Y sintió en todo su cuerpo un pueblo invisible y discorde, ávido de separarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutilmente carnales, y la imagen de la hermosa bárbara, un mosaico agradable y colorido, y sintió que el fin del movimiento de esta infinitud era triste y vano. Así como las ensangrentadas facciones de Roma, con su tropel de clientes armados e insultantes, contempló el torbellino de las manadas de átomos, teñidos en una misma sangre, disputándose una os-cura supremacía. Y vio que la disolución de la muerte solo era la liberación de esta turbulenta turba que se precipita hacia mil otros movimientos inútiles.
Así pues, instruido por el rollo de papiro, en que las palabras griegas estaban tejidas unas con otras como los átomos del mundo, salió Lucrecio hacia el bosque por el pórtico negro de la alta casa de sus antepasados. Y vio el lomo de los cerdos estriados, que seguían con el hocico dirigido hacia la tierra. Luego, al atravesar el bosquecillo, se encontró de pronto en medio del sereno templo del bosque, y sus ojos se sumergieron en el pozo del cielo. Fue allí donde ubicó su reposo.
Desde am contempló la hormigueante inmensidad del universo: todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, sus pasiones, sus instrumentos, y la historia de esas cosas diversas, y su nacimiento, y sus enfermedades, y su muerte. Y entre la muerte total y necesaria, percibió claramente la muerte única de la africana, y lloró.
Sabia que las lágrimas provienen de un movimiento particular de las pequeñas glándulas que se hallan bajo los párpados, Y que las agita una procesión de átomos que sale del corazón, cuando el propio corazón ha sido conmovido por la sucesión de imágenes coloreadas que se desprenden del cuerpo de una mujer amada. Sabia que la causa del amor es la expansión de los átomos que desean unirse a otros átomos. Sabia que la tristeza que causa el amor es la peor de las ilusiones terrestres, puesto que la muerta había cesado de ser desdichada y de sufrir, mientras que aquel que la lloraba se afligía de sus propios males y pensaba, tenebrosamente en su propia muerte. Sabia que no queda de nosotros ningún doble simulacro para verter lágrimas sobre su propio cadáver tendido a sus pies. Pero conociendo exactamente la tristeza y el amor y la muerte, y que son vanas imágenes cuando se las contempla desde el espacio calmo donde hay que encerrarse, Lucrecio siguió llorando, y deseando el amor, Y temiendo la muerte.
De ahí que al volver a la alta y sombría casa de sus antepasados, se acercó a la bella africana, que cocía un brebaje en una olla, sobre un brasero. Pues también ella había estado pensando por su cuenta, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente misteriosa de su sonrisa. Lucrecio observó el brebaje que estaba hirviendo. Se despejó poco a poco y adquirió el aspecto de un cielo turbio y verde. Y la bella africana movió la cabeza y levantó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. Enseguida perdió la razón y olvidó todas las palabras griegas contenidas en el rollo de papiro. y por primera vez, al haberse vuelto loco, conoció el amor. y esa noche, al haber sido envenenado, conoció la muerte.


Marcel Schwob
Vidas Imaginarias, Marcel Schwob, traducción de Eduardo Paz Leston
CENTRO EDITOR DE AMERICA LATINA (1973)
 Marcel Schwob (Chaville, Hauts-de-Seine, 1867 – París, 1905) fue un escritor, crítico literario y traductor judío francés, autor de relatos y de ensayos donde combina erudición y experiencia vital. La brevedad de su vida no le impidió desarrollar una obra singular y personal, muy próxima al simbolismo.
Jorge Luis Borges escribió que sus Vidas imaginarias (1896) fueron el punto de partida de su narrativa.

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