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lunes 16 de enero de 2012

Petronio, Novelista. Marcel Schwob

 Marcel Schwob (Chaville, Hauts-de-Seine, 1867 – París, 1905) fue un escritor, crítico literario y traductor judío francés, autor de relatos y de ensayos donde combina erudición y experiencia vital. La brevedad de su vida no le impidió desarrollar una obra singular y personal, muy próxima al simbolismo.
Jorge Luis Borges escribió que sus Vidas imaginarias (1896) fueron el punto de partida de su narrativa.

 Petronio, Novelista. Marcel Schwob
 Nació en aquellos días en que saltimbanquis vestidos de verde hacían saltar cerditos amaestrados a través de aros de fuego, en que guardas barbudos, con túnica color cereza, desgranaban guisantes en bandeja de plata, delante de los mosaicos galantes, a la entrada de las quintas, en que libertos, llenos de sestercios, solicitaron cargos municipales en las ciudades de provincia, en que a la hora de los postres los rapsodas cantaban poemas épicos, en que el lenguaje abundaba en palabras del ergástula y en redundancias ampulosas provenientes de Asia.
Su infancia transcurrió en medio de tales elegancias. Nunca usaba dos veces una lana de Tiro. Se barría la platería caída en el atrio junto con la basura. Las comidas se componían de cosas delicadas e imprevistas, y los cocineros variaban incesantemente la arquitectura de las vituallas. No era sorprendente, al abrir un huevo, encontrarse con un papafigo, ni nadie vacilaba en cortar una estatuilla imitada de Praxíteles y esculpida en foie gras. El yeso que doraba las ánforas era esmeradamente dorado. Cajitas de marfil indio encerraban perfumes ardientes destinados a los comensales. Los aguamaniles estaban perforados de varias maneras y llenados con aguas de colores que sorprendían al brotar. Toda la cristalería simulaba monstruosidades irisadas. Al asir ciertas urnas, se rompían las asas bajo los dedos y los flancos se abrían para dejar caer flores pintadas artificialmente. Pájaros de África, de cabeza escarlata, gorjeaban en jaulas de oro. Detrás de las rejas incrustadas, en los ricos paneles de las murallas, chillaban gran cantidad de monos de Egipto que tenían cara de perro. En preciosos receptáculos reptaban unos animalitos alargados que tenían flexibles escamas rutilantes y ojos estriados de azul.
Así vivió Petronio en la molicie, pensando que el mismo aire que respiraba había sido perfumado para el. Cuando alcanzó la adolescencia, después de guardar su primera barba en un cofre labrado, comenzó a mirar a su alrededor. Un esclavo llamado Siro, que había trabajado en el circo, le enseñó cosas desconocidas. Petronio era bajo, moreno y bizco de un ojo. Su origen no era noble. Tenía manos de artesano y espíritu cultivado. De ahí que encontrara placer en modelar las palabras e inscribirlas. No se parecían a nada de lo que habían imaginado los poetas antiguos, pues trataban de imitar todo lo que lo rodeaba a Petronio. Sólo fue mucho más tarde cuando tuvo la desgraciada ambición de componer versos.

 Conoció pues a gladiadores bárbaros y a charlatanes de feria, hombres de mirada oblicua que parecían espiar las verduras y descolgaban las reses, niños de cabellos rizados que acompañaban a senadores, viejos parlanchines que discurrían en las esquinas los asuntos de la ciudad, criados lascivos y rameras advenedizas, vendedoras de frutas y patrones de posadas, poetas miserables y sirvientas pícaras, sacerdotisas equívocas y soldados errantes. Su mirada bizca los observaba y captaba exactamente sus modales e intrigas. Siro lo condujo a los baños de esclavos, a las celdas de prostitutas y a los reductos subterráneos donde las comparsas del circo se ejercitaban con espadas de madera. A las puertas de la ciudad, entre las tumbas, le contó historias de hombres que cambian de piel, que los negros, los sirios, los taberneros y los soldados guardianes de las cruces de suplicio se pasaban de boca en boca.
Hacia los treinta años, Petronio, ávido de aquella diversa libertad, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y corrompidos. Reconoció sus costumbres entre las transformaciones del lujo. Reconoció sus ideas y su lenguaje entre las conversaciones refinadas de los festines. Solo, ante su pergamino, apoyado en una mesa fragante de madera de cedro, dibujó con la punta de su cálamo las aventuras de un populacho ignorado. A la luz de sus altas ventanas, bajo las pinturas de los artesonados, imaginó las humeantes antorchas de las hosterías y ridículos combates nocturnos, molinetes de candelabros de madera, cerraduras forzadas a hachazos por esclavos de la justicia, grasientos catres recorridos por las chinches y reprimendas de procuradores de ilotas en medio de aglomeraciones de pobre gente vestida de pedazos de cortinas rotas y trapos sucios.
Dicen que cuando concluyó los dieciséis libros de su invención, mandó llamar a Siro para leérselos, Y que el esclavo reía y gritaba aplaudiendo. En ese momento concibieron el proyecto de llevar a cabo las aventuras compuestas por Petronio. Tácito cuenta erróneamente que fue árbitro de la elegancia en la corte de Nerón, Y que Tigelino, celoso, consiguió que le enviaran una orden de muerte. Petronio no expiró delicadamente en una bañera de mármol, murmurando versitos lascivos. Huyó con Siro y terminó su vida recorriendo los caminos.
Su apariencia facilitó su disfraz. Siro y Petronio se turnaban para llevar la bolsita de cuero que contenía sus esteras y sus denarios. Dormían al aire libre, al pie de los túmulos. Vieron de noche el triste brillo de las lamparillas funerarias. Comían pan agrio y aceitunas secas. No se sabe si robaban. Fueron magos ambulantes, charlatanes de aldea y compañeros de soldados vagabundos. Petronio olvidó por completo el arte de escribir no bien vivió la vida que había imaginado. Sus amigos eran jóvenes traidores, a los que amaron, Y que los abandonaron a las puertas de los municipios quitándoles hasta su último as. Cometieron toda clase de orgías con gladiadores prófugos. Fueron barberos y mozos de termas. Durante varios meses vivieron de los panes fúnebres que robaban de los sepulcros. Petronio aterrorizaba a los viajeros debido a su ojo sin brillo y al color oscuro de su piel, que le daba un aspecto malicioso. Una noche desapareció. Siro pensó que lo encontraría en una celda mugrienta donde habían conocido a una ramera de cabellos revueltos. Pero un descuartizador borracho le había clavado una ancha cuchilla en el cuello mientras yacían juntos, a campo raso, sobre las losas de una tumba abandonada.

Marcel Schwob Marcel Schwob (Chaville, Hauts-de-Seine, 1867 – París, 1905) fue un escritor, crítico literario y traductor judío francés, autor de relatos y de ensayos donde combina erudición y experiencia vital. La brevedad de su vida no le impidió desarrollar una obra singular y personal, muy próxima al simbolismo.

Vidas Imaginarias, Marcel Schwob, traducción de Eduardo Paz Leston
CENTRO EDITOR DE AMERICA LATINA (1973)


Jorge Luis Borges escribió que sus Vidas imaginarias (1896) fueron el punto de partida de su narrativa.

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