Juan Carlos Gómez (Gombrowiczidas)
WITOLD GOMBROWICZ, LA REVOLUCIÓN Y EL PARANÁ
“Hace tiempo, veinte años atrás, era terrateniente, pertenecía a una clase social alta. Hoy, materialmente arruinado, vivo de la pluma, soy un intelectual liberado de todos aquellos condicionamientos, un artista que del otro lado de la cortina de hierro podría encontrar comprensión para su trabajo y sus necesidades económicas. ¿Acaso hay algún tipo de amor por el pasado que me ate? (...)”
“No, puesto que me he especializado en la libertad, mientras que la escuela del exilio ha reforzado lo que había en mí desde el nacimiento: la amarga alegría de alejarme de lo que se aleja de mí. No, si alguien carece de estos prejuicios, ese alguien soy precisamente yo. No hay duda que estoy formado por el mundo del pasado. Pero ¿quién de vosotros, comunistas, no es hijo del pasado? (...)”
“Si la revolución consiste en superar la conciencia heredada, ¿por qué no iba a conseguirlo igual que vosotros? Mi visión de la realidad no está muy lejos de la visión de los comunistas. Mi mundo carece de Dios. En este mundo los hombres se crean mutuamente. Es la dependencia de un hombre de otro, la visión del hombre en su continua unión creadora con los demás, unión penetrante que dicta los sentimientos más personales (...)”
“Así ocurre en ‘Ferdydurke’ y el ‘El casamiento’. En ‘El casamiento’ la esfera interhumana crece hasta alcanzar las alturas de una fuerza creadora que supera la conciencia individual, una deidad que nos resulta accesible. De ahí que ni mis pensamientos ni mis sentimientos sean verdaderamente libres y propios,; pienso y siento para la gente, y sufro una deformación a causa de una necesidad suprema (...)”
“La necesidad de entonar con los demás el canto de la forma. En mis ataques a los poetas y a los pintores he tratado de demostrar que nuestro embelesamiento ante una obra de arte proviene de nosotros mismos, que este embelesamiento en gran parte nace no de los hombres, sino entre los hombres, y que es como si nos obligáramos mutuamente a embelesarnos (...)”
“Para mí no existen pensamientos ni sentimientos verdaderamente auténticos, totalmente propios. ¿Por qué me irritan entonces la falsedad y el artificio del hombre sometido al comunismo? Desde muy joven he sentido en forma brutal la dependencia de las esfera superior de la inferior. La belleza y la poesía del mundo tienen lugar porque el superior está sometido al inferior (...)”
“Todo esto es muy mío, en la medida en que puede ser mío, ésta es la vivencia que debía haberme unido estrechamente a la revolución. ¿Por qué no ha sido así?... Tengo que hacer las maletas, me espera un largo viaje por el río Paraná”. Gombrowicz tenía la costumbre de preguntarse cuál era el quid de una obra, si la obra podía responder a las preguntas de qué se está hablando y en qué consiste la cosa.
Si no encontraba ese quid lo asaltaban sensaciones parecidas a unas que había tenido navegando por el río Paraná. El quid de las obras de algunos autores es su vida personal, pero no siempre es así. Gombrowicz creía que aunque su vida se hubiera desarrollado de otra manera sus libros no hubieran cambiado demasiado. Le agradece a Dios por haberlo sacado de Polonia.
Dios lo había lanzado al continente americano en medio de gente que le hablaba en una lengua extraña, en la soledad y en la frescura del anonimato, en un país más rico en vacas que en arte que, con el hielo de la indiferencia, le permitía conservar su orgullo. También le da las gracias a Dios por haberle permitido escribir el “Diario”, esa obra que para muchos lectores es su creación más grande.
En los primeros tiempos, cuando empezó a abandonar el lenguaje grotesco de sus obras anteriores para escribir los diarios, sintió como si se le hubiese caído la armadura. Pero después, poco a poco, se fue dando cuenta que podía comentarse a sí mismo, entonces se convirtió en su propio juez y le quitó al cerebro de los críticos el poder de pronunciar veredictos inapelables.
Con los diarios acompañó a su arte hasta el lugar donde podía penetrar a otras existencias, una zona que a menudo le resultaba cerrada y hostil. Por lo tanto, debiéramos decir que el quid de las obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran parte, es también su propia vida. Pero, ¿es su propia vida o es una puesta en escena de su drama personal lo que relata en sus diarios?
Amordazado en Polonia, aislado del gran mundo por el exotismo de la legua polaca, acorralado en el ambiente cerrado y estrecho de le emigración, en esta bruma nacían sus obras difíciles, a tal punto difíciles que en el mismo corazón de París debieron luchar duramente para ser reconocidas. La superficialidad de las cabezas polacas con las que trataba en la emigración era enorme.
Esa superficialidad se podría medir por el hecho de que el mismo “Diario”, más fácil de comprender en apariencia que sus otras obras, no conseguía penetrar en sus cerebros. Lo tildaron de egotista, no se les ocurrió pensar que uno puede hablar de sí mismo sin que su yo sea por eso egotista y trivial, sino alguien consciente, con un egotismo metódico y disciplinado, y un objetivismo desarrollado y distante.
“La gran bóveda de la pampa despide estrellas, una tras otra, enjambres de ellas aparecen resaltadas gracias a la noche, mientras que el mundo palpable de los árboles, de la tierra, de las hojas, este único mundo amigable y creíble, se ha diluido en una especie de invisibilidad, de inexistencia..., se ha borrado. Pese a esto avanzo, me adentro cada vez más, pero ya no en el camino, sino en el cosmos (...)”
“Estoy suspendido en el inmenso espacio astronómico. ¿Acaso el globo terrestre, suspendido él mismo, puede asegurar el terreno firme bajo los pies? Me he encontrado en un abismo sin fondo, en el seno del universo y, lo que es peor, no ha sido una ilusión, sino la más verdadera de las verdades. Si duda se podría enloquecer si uno no estuviera acostumbrado (...)”
“Escribo en el tren que me lleva hacia el norte. El Paraná es un río inmenso por el que voy a navegar”. A pesar de que no andaba en muy buenas relaciones con la naturaleza Gombrowicz tenía una gran maestría para describirla y para humanizarla, por lo menos, mientras vivió en la Argentina. En la narración que hizo Gombrowicz en el “Diario” sobre su navegación por el río Paraná en 1956, alcanzó una gran belleza
Esta belleza sólo es equiparable con la que logró dos años después describiendo un crepúsculo. Utiliza un idioma poético, lógico y musical sobre un clima de irrealidad que va creciendo a medida que avanza por el río al que sólo puede anclar con la palabra navegamos. Los movimientos, los cambios que sufría el río, las variaciones del clima y de la luz, siguen las peripecias del alma atormentada de Gombrowicz.
Su alma está acosada por la oscuridad y la distancia de ese inmenso río Paraná. Alguien le da una oportunidad para que pueda distinguir con claridad lo que el barco va dejando atrás y le ofrece unos prismáticos: la orilla, los arbustos, las maderas que flotan el agua: “¿Quiere usted echar una ojeada? Pero... lo mismo me dijo ayer. Sólo que hoy me ha sonado diferente (...)”
“Me ha sonado... como si en realidad no quisiera decir eso o bien como si lo que ha dicho no estuviera dicho hasta el final... sino dolorosamente interrumpido”. Gombrowicz no puede soportar la idea de que el barco navegue solo, cuando no está con el barco y no sabe si navega, y tampoco puede soportar el espacio imponente y el aire inmóvil de ese río incomprensible.
“Ese industrial de San Nicolás dijo: –Mal tiempo..., pero de nuevo me sonó como si no fuera eso..., como si en el fondo él quisiera, sí, eso es, quisiera otra cosa..., y tuve la misma sensación que la que había tenido en el desayuno con un médico de Asunción, exiliado político, cuando me hablaba de las mujeres de su país. Hablaba. Pero hablaba precisamente (esta idea me persigue) para no decir..., sí, para no decir lo que de veras tenía que decir”
El río que tenía por delante y por detrás, con su blancura intermitente, por veces se le confundía con los sueños sobre el pasado y el futuro, desconocidos e indefinidos, pero después todo descendía y se posaba nuevamente sobre el río, que otra vez volvía a ser el río por el que navegaba. Una noche se despertó aterrado con la preocupación de que algo extraordinario estaba pasando.
De repente, un grito rompió el sello del silencio. Y, una vez más, vuelve a borrarle los contornos a lo que ocurre, o a lo que no ocurre. “Sabía con toda seguridad que nadie había gritado de esa manera, y al mismo tiempo sabía que había existido un grito... Pero, como no había ningún grito, consideré a mi terror como inexistente, regresé al camarote e incluso me dormí”
El barco era trivial y corriente, precisamente por eso se sentía totalmente indefenso, no podía emprender nada porque no había fundamentos para la más ligera inquietud, todo estaba absolutamente en orden, pero esa tensión irresistible podía romper la cuerda. Un médico se burlaba de él porque había perdido al ajedrez: –Ha perdido usted por miedo: –Podría darle una torre de ventaja y ganarle.
Navegaban hacia la nada, las conversaciones y los movimientos estaban paralizados y fulminados. La locura y la desesperación eran inalcanzables porque no existían, pero como no existían, existían de una manera imposible de rechazar. “Nuestra normalidad, la más normal, explota como una bomba, como un trueno, pero fuera de nosotros. La explosión nos es inaccesible, a nosotros hechizados en la normalidad (...)”
“Hace un momento he encontrado al paraguayo en la proa y he dicho, sí, he dicho, eso es, he dicho: -¡Buenos días! Él a su vez ha contestado, eso es, ha contestado, sí, ha contestado. Dios misericordioso, ha contestado (sin dejar de navegar): –¡Hermoso tiempo! Navegamos”
Cinco cosas de la Argentina lo impresionaron vivamente a Gombrowicz por sus dimensiones descomunales.
Estos promontorios de la naturaleza eran: el río Paraná, el Aconcagua, las cataratas del Iguazú, el monstruo de Rosario y Mar del Plata, e intentaba que los polacos que no conocían el país se formaran una idea sobre estas cosas. “Es posible que cada uno de vosotros, oyentes, sonría compasivamente, ya que para vosotros, en Polonia, el Iguazú, si lo miráis en el mapa, está de hecho muy cerca de Buenos Aires (...)”
“Ni que decir que el alto Paraná no es ni mucho menos el salvaje Amazonas. Pero ya hace tiempo me di cuenta de que las proporciones cambian cuando uno se encuentra en la Argentina. Desde la Argentina, Europa parece estar mucho más próxima, como al alcance de la mano. Pero al mismo tiempo las distancias interiores de este enorme país se hacen más grandes por el simple hecho de que nos enfrentamos con ellas personalmente”
El alto Paraná no es una zona segura, los hombres, los reptiles, los ríos, los insectos, la tierra y el cielo, son primitivos y están impregnados de la soledad del mundo salvaje. Después de las aventuras del viaje en barco, Gombrowicz finalmente baja en el puerto de Iguazú. Ya había notado que los nervios de los argentinos estaban en mejor estado que los de los polacos, pero el polaco es más resistente.
Diversas histerias roen a la Argentina, histerias nacidas del clima, de la historia y de la mezcla de razas y de herencias. Pero cuanto más conocía el norte, más notaba que la gente era más nerviosa, más menuda y más inclinada a toda clase de perversiones. Las cataratas del Iguazú son como un arco iris de cataratas que se precipitan con un ruido atronador en un semicírculo envuelto en niebla y vapores imposible de abarcar con la mirada.
Y de la misma manera que le había ocurrido con el Aconcagua nota la unión sorprendente de la inmovilidad con el movimiento, las cataratas parecen estar inmóviles a pesar de que todo en ellas se mueve en medio del estruendo. “Lo más curioso en el Iguazú es precisamente la insólita y hasta indecente perdurabilidad de las cataratas que debieran cortarse, agotarse, acabarse a causa de un desgaste de energía tan terrible (...)”
“Sin embargo, el agua sigue cayendo de arriba abajo, y las espumas, los arcos iris, las luces y los temblores están ahí casi por la eternidad”. El argentino, habitante de ciudades, en medio de sus calles llenas de tiendas iluminadas, de buen grado se olvida del desierto salvaje, de la pampa y de la jungla que acecha en lo hondo del país, prefiere ignorar la existencia de lo primitivo en su propia casa.
Al delicado burgués argentino se le pone la carne de gallina cuando toma contacto con lo salvaje que aún no ha sido domesticado. Pero también se la ponía la carne de gallina a Gombrowicz, a él le gustaba lo salvaje y lo primitivo sólo si el camino que lo conducía a ello era confortable. El clima de las cataratas termina por destrozarle los nervios, al cabo de unos días dice basta y se embarca rumbo a Buenos Aires.
Juan Carlos Gómez (Gombrowiczidas)
WITOLD GOMBROWICZ, LA REVOLUCIÓN Y EL PARANÁ
“Hace tiempo, veinte años atrás, era terrateniente, pertenecía a una clase social alta. Hoy, materialmente arruinado, vivo de la pluma, soy un intelectual liberado de todos aquellos condicionamientos, un artista que del otro lado de la cortina de hierro podría encontrar comprensión para su trabajo y sus necesidades económicas. ¿Acaso hay algún tipo de amor por el pasado que me ate? (...)”
“No, puesto que me he especializado en la libertad, mientras que la escuela del exilio ha reforzado lo que había en mí desde el nacimiento: la amarga alegría de alejarme de lo que se aleja de mí. No, si alguien carece de estos prejuicios, ese alguien soy precisamente yo. No hay duda que estoy formado por el mundo del pasado. Pero ¿quién de vosotros, comunistas, no es hijo del pasado? (...)”
“Si la revolución consiste en superar la conciencia heredada, ¿por qué no iba a conseguirlo igual que vosotros? Mi visión de la realidad no está muy lejos de la visión de los comunistas. Mi mundo carece de Dios. En este mundo los hombres se crean mutuamente. Es la dependencia de un hombre de otro, la visión del hombre en su continua unión creadora con los demás, unión penetrante que dicta los sentimientos más personales (...)”
“Así ocurre en ‘Ferdydurke’ y el ‘El casamiento’. En ‘El casamiento’ la esfera interhumana crece hasta alcanzar las alturas de una fuerza creadora que supera la conciencia individual, una deidad que nos resulta accesible. De ahí que ni mis pensamientos ni mis sentimientos sean verdaderamente libres y propios,; pienso y siento para la gente, y sufro una deformación a causa de una necesidad suprema (...)”
“La necesidad de entonar con los demás el canto de la forma. En mis ataques a los poetas y a los pintores he tratado de demostrar que nuestro embelesamiento ante una obra de arte proviene de nosotros mismos, que este embelesamiento en gran parte nace no de los hombres, sino entre los hombres, y que es como si nos obligáramos mutuamente a embelesarnos (...)”
“Para mí no existen pensamientos ni sentimientos verdaderamente auténticos, totalmente propios. ¿Por qué me irritan entonces la falsedad y el artificio del hombre sometido al comunismo? Desde muy joven he sentido en forma brutal la dependencia de las esfera superior de la inferior. La belleza y la poesía del mundo tienen lugar porque el superior está sometido al inferior (...)”
“Todo esto es muy mío, en la medida en que puede ser mío, ésta es la vivencia que debía haberme unido estrechamente a la revolución. ¿Por qué no ha sido así?... Tengo que hacer las maletas, me espera un largo viaje por el río Paraná”. Gombrowicz tenía la costumbre de preguntarse cuál era el quid de una obra, si la obra podía responder a las preguntas de qué se está hablando y en qué consiste la cosa.
Si no encontraba ese quid lo asaltaban sensaciones parecidas a unas que había tenido navegando por el río Paraná. El quid de las obras de algunos autores es su vida personal, pero no siempre es así. Gombrowicz creía que aunque su vida se hubiera desarrollado de otra manera sus libros no hubieran cambiado demasiado. Le agradece a Dios por haberlo sacado de Polonia.
Dios lo había lanzado al continente americano en medio de gente que le hablaba en una lengua extraña, en la soledad y en la frescura del anonimato, en un país más rico en vacas que en arte que, con el hielo de la indiferencia, le permitía conservar su orgullo. También le da las gracias a Dios por haberle permitido escribir el “Diario”, esa obra que para muchos lectores es su creación más grande.
En los primeros tiempos, cuando empezó a abandonar el lenguaje grotesco de sus obras anteriores para escribir los diarios, sintió como si se le hubiese caído la armadura. Pero después, poco a poco, se fue dando cuenta que podía comentarse a sí mismo, entonces se convirtió en su propio juez y le quitó al cerebro de los críticos el poder de pronunciar veredictos inapelables.
Con los diarios acompañó a su arte hasta el lugar donde podía penetrar a otras existencias, una zona que a menudo le resultaba cerrada y hostil. Por lo tanto, debiéramos decir que el quid de las obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran parte, es también su propia vida. Pero, ¿es su propia vida o es una puesta en escena de su drama personal lo que relata en sus diarios?
Amordazado en Polonia, aislado del gran mundo por el exotismo de la legua polaca, acorralado en el ambiente cerrado y estrecho de le emigración, en esta bruma nacían sus obras difíciles, a tal punto difíciles que en el mismo corazón de París debieron luchar duramente para ser reconocidas. La superficialidad de las cabezas polacas con las que trataba en la emigración era enorme.
Esa superficialidad se podría medir por el hecho de que el mismo “Diario”, más fácil de comprender en apariencia que sus otras obras, no conseguía penetrar en sus cerebros. Lo tildaron de egotista, no se les ocurrió pensar que uno puede hablar de sí mismo sin que su yo sea por eso egotista y trivial, sino alguien consciente, con un egotismo metódico y disciplinado, y un objetivismo desarrollado y distante.
“La gran bóveda de la pampa despide estrellas, una tras otra, enjambres de ellas aparecen resaltadas gracias a la noche, mientras que el mundo palpable de los árboles, de la tierra, de las hojas, este único mundo amigable y creíble, se ha diluido en una especie de invisibilidad, de inexistencia..., se ha borrado. Pese a esto avanzo, me adentro cada vez más, pero ya no en el camino, sino en el cosmos (...)”
“Estoy suspendido en el inmenso espacio astronómico. ¿Acaso el globo terrestre, suspendido él mismo, puede asegurar el terreno firme bajo los pies? Me he encontrado en un abismo sin fondo, en el seno del universo y, lo que es peor, no ha sido una ilusión, sino la más verdadera de las verdades. Si duda se podría enloquecer si uno no estuviera acostumbrado (...)”
“Escribo en el tren que me lleva hacia el norte. El Paraná es un río inmenso por el que voy a navegar”. A pesar de que no andaba en muy buenas relaciones con la naturaleza Gombrowicz tenía una gran maestría para describirla y para humanizarla, por lo menos, mientras vivió en la Argentina. En la narración que hizo Gombrowicz en el “Diario” sobre su navegación por el río Paraná en 1956, alcanzó una gran belleza
Esta belleza sólo es equiparable con la que logró dos años después describiendo un crepúsculo. Utiliza un idioma poético, lógico y musical sobre un clima de irrealidad que va creciendo a medida que avanza por el río al que sólo puede anclar con la palabra navegamos. Los movimientos, los cambios que sufría el río, las variaciones del clima y de la luz, siguen las peripecias del alma atormentada de Gombrowicz.
Su alma está acosada por la oscuridad y la distancia de ese inmenso río Paraná. Alguien le da una oportunidad para que pueda distinguir con claridad lo que el barco va dejando atrás y le ofrece unos prismáticos: la orilla, los arbustos, las maderas que flotan el agua: “¿Quiere usted echar una ojeada? Pero... lo mismo me dijo ayer. Sólo que hoy me ha sonado diferente (...)”
“Me ha sonado... como si en realidad no quisiera decir eso o bien como si lo que ha dicho no estuviera dicho hasta el final... sino dolorosamente interrumpido”. Gombrowicz no puede soportar la idea de que el barco navegue solo, cuando no está con el barco y no sabe si navega, y tampoco puede soportar el espacio imponente y el aire inmóvil de ese río incomprensible.
“Ese industrial de San Nicolás dijo: –Mal tiempo..., pero de nuevo me sonó como si no fuera eso..., como si en el fondo él quisiera, sí, eso es, quisiera otra cosa..., y tuve la misma sensación que la que había tenido en el desayuno con un médico de Asunción, exiliado político, cuando me hablaba de las mujeres de su país. Hablaba. Pero hablaba precisamente (esta idea me persigue) para no decir..., sí, para no decir lo que de veras tenía que decir”
El río que tenía por delante y por detrás, con su blancura intermitente, por veces se le confundía con los sueños sobre el pasado y el futuro, desconocidos e indefinidos, pero después todo descendía y se posaba nuevamente sobre el río, que otra vez volvía a ser el río por el que navegaba. Una noche se despertó aterrado con la preocupación de que algo extraordinario estaba pasando.
De repente, un grito rompió el sello del silencio. Y, una vez más, vuelve a borrarle los contornos a lo que ocurre, o a lo que no ocurre. “Sabía con toda seguridad que nadie había gritado de esa manera, y al mismo tiempo sabía que había existido un grito... Pero, como no había ningún grito, consideré a mi terror como inexistente, regresé al camarote e incluso me dormí”
El barco era trivial y corriente, precisamente por eso se sentía totalmente indefenso, no podía emprender nada porque no había fundamentos para la más ligera inquietud, todo estaba absolutamente en orden, pero esa tensión irresistible podía romper la cuerda. Un médico se burlaba de él porque había perdido al ajedrez: –Ha perdido usted por miedo: –Podría darle una torre de ventaja y ganarle.
Navegaban hacia la nada, las conversaciones y los movimientos estaban paralizados y fulminados. La locura y la desesperación eran inalcanzables porque no existían, pero como no existían, existían de una manera imposible de rechazar. “Nuestra normalidad, la más normal, explota como una bomba, como un trueno, pero fuera de nosotros. La explosión nos es inaccesible, a nosotros hechizados en la normalidad (...)”
“Hace un momento he encontrado al paraguayo en la proa y he dicho, sí, he dicho, eso es, he dicho: -¡Buenos días! Él a su vez ha contestado, eso es, ha contestado, sí, ha contestado. Dios misericordioso, ha contestado (sin dejar de navegar): –¡Hermoso tiempo! Navegamos”
Cinco cosas de la Argentina lo impresionaron vivamente a Gombrowicz por sus dimensiones descomunales.
Estos promontorios de la naturaleza eran: el río Paraná, el Aconcagua, las cataratas del Iguazú, el monstruo de Rosario y Mar del Plata, e intentaba que los polacos que no conocían el país se formaran una idea sobre estas cosas. “Es posible que cada uno de vosotros, oyentes, sonría compasivamente, ya que para vosotros, en Polonia, el Iguazú, si lo miráis en el mapa, está de hecho muy cerca de Buenos Aires (...)”
“Ni que decir que el alto Paraná no es ni mucho menos el salvaje Amazonas. Pero ya hace tiempo me di cuenta de que las proporciones cambian cuando uno se encuentra en la Argentina. Desde la Argentina, Europa parece estar mucho más próxima, como al alcance de la mano. Pero al mismo tiempo las distancias interiores de este enorme país se hacen más grandes por el simple hecho de que nos enfrentamos con ellas personalmente”
El alto Paraná no es una zona segura, los hombres, los reptiles, los ríos, los insectos, la tierra y el cielo, son primitivos y están impregnados de la soledad del mundo salvaje. Después de las aventuras del viaje en barco, Gombrowicz finalmente baja en el puerto de Iguazú. Ya había notado que los nervios de los argentinos estaban en mejor estado que los de los polacos, pero el polaco es más resistente.
Diversas histerias roen a la Argentina, histerias nacidas del clima, de la historia y de la mezcla de razas y de herencias. Pero cuanto más conocía el norte, más notaba que la gente era más nerviosa, más menuda y más inclinada a toda clase de perversiones. Las cataratas del Iguazú son como un arco iris de cataratas que se precipitan con un ruido atronador en un semicírculo envuelto en niebla y vapores imposible de abarcar con la mirada.
Y de la misma manera que le había ocurrido con el Aconcagua nota la unión sorprendente de la inmovilidad con el movimiento, las cataratas parecen estar inmóviles a pesar de que todo en ellas se mueve en medio del estruendo. “Lo más curioso en el Iguazú es precisamente la insólita y hasta indecente perdurabilidad de las cataratas que debieran cortarse, agotarse, acabarse a causa de un desgaste de energía tan terrible (...)”
“Sin embargo, el agua sigue cayendo de arriba abajo, y las espumas, los arcos iris, las luces y los temblores están ahí casi por la eternidad”. El argentino, habitante de ciudades, en medio de sus calles llenas de tiendas iluminadas, de buen grado se olvida del desierto salvaje, de la pampa y de la jungla que acecha en lo hondo del país, prefiere ignorar la existencia de lo primitivo en su propia casa.
Al delicado burgués argentino se le pone la carne de gallina cuando toma contacto con lo salvaje que aún no ha sido domesticado. Pero también se la ponía la carne de gallina a Gombrowicz, a él le gustaba lo salvaje y lo primitivo sólo si el camino que lo conducía a ello era confortable. El clima de las cataratas termina por destrozarle los nervios, al cabo de unos días dice basta y se embarca rumbo a Buenos Aires.
Juan Carlos Gómez (Gombrowiczidas)







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