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viernes, 3 de julio de 2026

¿Quién eres?, Teresa Wilms Montt


 Este es mi diario:
 
En sus páginas se esponja la ancha flor de la muerte diluyéndose en savia ultraterrena y abre el loto del amor, con la magia de una extraña pupila clara frente a los horizontes.
Es mi diario. Soy yo desconcertantemente desnuda, rebelde contra todo lo establecido, grande entre lo pequeño, pequeña ante lo infinito…
Soy y…
 
TERESA DE LA +
 
Miro mi faz sobre la charca podrida y ella me devuelve el reflejo tan puro como el más nítido espejo. A pesar de que en mi alma se albergan lastimeras cuitas se ilumina mi rostro al reír, como encendido al rescoldo de una santa alegría.
Maldigo y es de tal manera armónico el gesto de mis brazos en su apóstrofe dolorido, que diríase que ellos se levantan a impulsos de una fuerza extraña, para ofrendar sus preces en una bendición al Omnipotente.
Miserable lloro, retorciendo mis angustias como a sierpes que quisiera aniquilar, pero en mi camino se detiene a tiempo un santo, un bondadoso, un sencillo y enjugando mis ojos me dice: ­¡Qué buena eres! Llora, que esta agua que vierte el alma endurecida, bendita es, la recoge Él, que está más alto- ­y señala los espacios.
No puedo ser mala, no; la bondad me sale al encuentro. Paréceme que el mismo mal se hubiese vestido de gala para desgarrarme el corazón.
Quiero que en sabia esencia, la Paz descienda sobre mí y anegue generosa en frescura mi interior carcomido. ¡O h siglo agonizante de humanas vanidades! He cultivado un pedazo de terreno fecundo, donde puedes desparramar las primeras simientes destinadas a la Tierra Prometida.

 
Teresa Wilms Montt

¿Quién eres?, Teresa Wilms Montt

¿Quién eres?
 
Una noche de esas noches cálidas de verano, en que todo el cuerpo se vuelve pulmón para respirar, buscando fresco, con la dificultad del que busca oro, me dirigí con paso lento a las afueras de la ciudad.
Después de mucho caminar y maldecí la temperatura, di con un rincón a mi gusto. Era éste una hondonada en medio de un rústico jardín. Verde abajo, blando musgo, azul arriba, incendio de astros, y como orquesta, una fuente deslizante entre las piedras.
Libre de inquietudes, suspirando de bienestar, despójeme de mis atavíos, –ridículos atavíos de moderno peregrino— y tendida de cara a los espacios, me dispuse a soñar, dormir o espantar los mosquitos, que es la diversión obligada de todo paseo campestre.
No lejos ranas, sapos, y otros molestos animaluchos, oficiaban sabatinas en el saxófono de sus gargantas, cobijados bajo la espesura de las plantas enanas. Pardos murciélagos dibujaban misteriosos círculos en el aire, y las luciérnagas chisporroteaban en la sombra, zafiros y esmeraldas.
Desnuda, la noche abanicábase en la corona de los árboles, lanzando a los cielos su respiración agitada. A sus pies, las rosas exhalaban el perfume de la tierra fecunda.
¡Qué beatitud seráfica dentro de mi ser! ¡Ah! ¡si llegué a creer que había muerto!
Adoro la noche que nos hace sentir la placidez del alma naturaleza; la santidad de tanto ser que vive más allá del pensamiento; y, como os decía, tal era mi paz interior, que imaginé había muerto.
Profundo fue mi letargo. No supe darme cuenta de si aquella voz que hablara a mi oído, era voz humana o voz de presentimiento. Comenzó así:
—Vengo desde muy lejos a reposarme y encuentro que has usurpado mi sitio. Pero no importa, quédate; desahogaré contigo, criatura mortal, el secreto amargo que traigo de mis andanzas por esos mundos de seres intangibles.
Presta atención —susurró la extraña voz.— Los hombres del siglo pasado me llamaron genio; si te acercas a mi fosa, verás sobre ella, la insignia del búho sapiente. No desdeñaron elogios; también leerás en las preliminares páginas de mis obras la palabra inmortal. —Sentí que la voz se hacía irónica, despedazada.— Engreído en mis saberes todo penetré: ciencia, liturgia, magia, química, física, poesía, filosofía. ¡Oh loco delirio de soberbia! creí que en mi cabeza la verdad encendía su tea. Me proclamaron apóstol, quemando ante mí ¡humano Icono! los inciensos y mirras destinados a los dioses paganos. Bajo el sayal de humildad, rebelde a la modestia, pavoneábase erguido mi espíritu fatuo. Infeliz de mí. Hueca estaba mi mente como espiga sin grano.
En el apogeo de este nefasto esplendor, llegó la inevitable. Irritada sin duda de tanta falsedad, de un solo tirón, despójame de la mísera vestidura que ahora pudre entre laureles, allá en el rincón del campo santo.
Separado bruscamente del mundo de los hombres, contémpleme desnudo ante los implacables ojos de mi conciencia. En un instante, la muerte habiame transformado en juez de mi propia causa. Tuve horror de ver tanta bajeza reunida; enrojecí, vergüenza sentí de mezclarme con las otras almas errantes del espacio, y hui del fulgor de los astros hasta perderme en la nebulosa.
Interesadas mis compañeras en el fallo de mi conciencia, único arbitro de ambos mundos, siguieren mi vuelo. Yo me esforzaba por aventajarlas. Una de ellas, la más frágil de todas, comprendiendo la tristeza que me embargaba, me siguió llena de solicitud.
Al oír junto a mí el ruido de sus alas, apresuré la fuga, y de un solo envión me hundí en las frías sombras.
“Detente hermana, gritaba mi perseguidora, detente, alma temeraria. Esa región del Saos donde te lleva tu fatal vuelo, está inexplorada. Grave peligro te amenaza. Por Dios, retrocede, Te lo suplico”.
Como hacía poco había perdido mi humana envoltura, aun perduraba en mi los instintos, y movido de curiosidad le interrogué.
Afable, plena de gracia, respondiome:
“Vas hacia lo ignoto, hermana. Desde hace muchos siglos nadie ha penetrado el paraje donde diriges el vuelo. Hay en él algo inexplicable, en vano yo y mis compañeras hemos tratado de indagarlo; tal vez ocultó allí el creador el arcano que rige los mundos; tal vez sea la nada… No sé, no sé, pero no intentes penetrar la nebulosa …”
Yo escuchaba y en mi espíritu nacía una esperanza. Quizá encontraría en aquel sitio la expiación de mis pasadas flaquezas, ¡qué grande alivio! Sin pensarlo más, seguí avanzando en las tinieblas.
¿Cuánto tiempo estuve allí?, lo ignoro. El silencio me envolvía en fajas de hielo, iba petrificándome como pedazo desprendido de planeta muerto.
Desesperadamente trataba de luchar contra el sopor que embargaba mis alas, creí sucumbir. Jamás olvidaré aunque atraviese los siglos, jamás, la dulce sensación que experimenté cuando una mano de mujer, mano blanda cual las blandas manos de las madres humanas, tomándome como un pajarillo entre sus dedos cobijome en el tibio hueco de las palmas.
Luego, con una voz que no escuché tan armoniosa en los tiempos de mi juventud, me habló de esta manera:
“Paz, hijo mío, paz. Muy osado debiste ser en el mundo, cuando en esta región para ti desconocida te aventuras a tan arriesgadas empresas. ¿Qué te ha traído hasta mi solitario albergue? Después de Cristo no ha venido alma alguna a golpear mi puerta. Habla hijo mío, acaso seas el mensajero del mundo que ha tanto tiempo aguardo”.
Nada respondí, inmenso dolor hizo inclinar mi frente.
“Ven apóyate en mi corazón, hijo de la tierra amada, yo calmaré la angustia que leo en tus ojos, te daré serenidad”.
—Oh mortal, si tuvieses la inefable dicha de escuchar la delicia de esa voz, pasarías los tiempos de rodillas, sumido en éxtasis. Pero esa voz se escucha más allá de la muerte, y es sólo para aquellos que saben encontrarla.
No continuaré hablándote de esa noble mujer ella es modesta, las alabanzas hieren su oído.
Confiada, llena de fervor pasé entre sus manos los umbrales de una mansión incomparable. No creas que en ella había fastuosidad, tono aperlado velaba las cosas, que eran pocas. Había allí flores, las más humildes que nacen en la praderas, pájaros de todos los climas; libros, todas las obras modestas que en el mundo desdeñamos, y sobre una piedra de granito, abiertos los viejos brazos, un volumen donde resaltaba profundamente grabado en letras de oro este nombre. Salomón.
Observando ella que fijaba mi atención en esa páginas cuya escritura y lenguaje no conocía, díjoe:
“Este libro y todos los que ves en esta estancia, son de mi hermana menor que alberga conmigo”.
—Ya puedes imaginar tú que me oyes; mi extrañeza al encontrar tan lejos de la tierra a esa criatura rodeada de cosas familiares, extrañeza que aumentaba al darme cuenta del interés no disimulado, que sentía por los habitantes del pequeño planeta.
Me interrogó sobre los asilos de menesterosos, de huérfanos, de idiotas; preguntome por las ambiciones y afanes del siglo; pero, llegó al coludo mi estupor, cuando la vi entristecerse y dejar caer sobre su pecho la cabeza orlada de albos cabellos.
“Tengo muchos enemigos en tu planeta –díjome, suspirando. A los hombres les debo mis cabellos nevados.
—¿Cómo, interrumpí yo; cómo tu que vives tan lejos del mundo, puedes ser maltratada allí?
“Así es, —dijo ella, inclinando la frente.— No puedo explicarte, hijo mío; es demasiado doloroso, pero es así”.
—Dime, te lo suplico ¿quién eres, misteriosa señora, que tan afable acogida me has hecho? ¿Por qué vives tan sola y retirada con tu hermana?
“Ella y yo estamos desterrados desde hace veinte siglos. Cuando se consumó la tragedia del Gólgota, escarnecidas por los hombres, huimos de esa inhospitalaria tierra”.
“Pero —agregó, reprimiéndose,— no seas curioso, hijo mío. Harto has penado purgando tus vanidades, no quiero que sufras por las miserias de los que aún vagan engañados en el mundo”.
—Gentil señora; dulce amiga, te estoy agradecido. Quiero saber a quién debo la paz.
“Sea como gustes, díjome severamente triste. Y plegando los labios en una sonrisa que dibujó un tenue refleja de ironía, me susurró quedamente: Mi hermana es la Sabiduría y yo soy la Bondad”.
Terminando su relato, sollozó la extraña voz de la aparición, y sin decirme adiós, se alejó pausadamente de mi oído.
Me levanté de un salto; esas revelaciones hundiéronse perforando agudamente mi cerebro.
Cogí con precipitación mis atavíos de moderno peregrino, y, sin mirar, salí al camino.
Interrogué a la noche en un afán incontenible de persuadirme que había soñado: ¿Es cierto que la bondad no existe?
Y llegó hasta mi la silenciosa respuesta, en la palidez de las estrellas, en el llorar infantil de la fuente, en el chillar siniestro de las aves nocturnas.
Cuál reina empuñando su cetro, apareció tras la montaña, la luna, torvo el ceño, roja de ira, castigando al mundo en un azote de sangre.
 
Teresa Wilms Montt
 


 

Londres, Septiembre 191… Teresa Wilms Montt

Londres, Septiembre 191…

A un costado de mi cama, en la pared, hay tres manchas de tinta.
La primera repartida en puntitos parece una estrella doble, la segunda se abre más abajo; en minúscula mano de ébano, la última perfectamente recortada tomó la forma de un as de piqué.
Resbalo sobre ellas mis dedos, con sensibilidad de nervio visual, y siento que esas tres manchas están de relieve dentro de mi cerebro como obstáculo para el fácil rodar de las ideas.
Hay tres, digo, tratando de sí atraerse; tres, digo mirando el techo: el amor, el dolor y la muerte.
Sin saber por qué paréceme que he pronunciado algo grave, algo que recogió en su bolsa sin fondo la fatalidad.
Aunque borre las manchas de la pared, esos tres puntos negros quedarán estampados dentro de mi cerebro.
En la efervescencia de la sangre que bulle, cuando la sorba la Absurda, harán remolino vertiginosamente las tres, en la copa pulida del cráneo.
Un temblor nervioso tira hacia abajo la comisura de mis labios.
Cada vez más espesa la pintura de la noche embadurna los cuadros de la ventana. (p. 19-20).
En algunas ocasiones, esas observaciones llegan a ser obsesivas, pero acentuadas por una mirada vanguardista, escudriñadora de los matices de su ser:
Liverpool, Hotel Adelphi, Octubre 16, 1919, 3 y media madrugada.
No he podido dormir. A la una de la madrugada cuando iba a entregarme al sueño, me dí cuenta que estaba rodeada de espejos.
Encendí la lámpara y los conté. Son nueve.
Recogida, haciéndome pequeña contra el lado de la pared, traté de desaparecer en la enorme cama.
Llueve afuera y por la chimenea caen gruesas gotas, negras de tizne. ¿Es que se deshace la noche?
No tengo miedo, hace mucho tiempo que no experimento esa sensación.
Me impone el viento que hace piruetas silbando, colgado de las ventanas.
No podría explicarlo, pero aquí, en este momento, hay alguien que no veo y que respira en mi propio pecho.
Bajo, muy bajo, me digo aquello que hiela pero que no debo estampar en estas páginas.
La sombra tiene un oído con un tubo largo, que lleva mensajes a través de la eternidad y ese oído me ausculta ahí, tras el noveno espejo.
 
 
Teresa Wilms Montt
 
 

jueves, 2 de julio de 2026

Autodefinición, Teresa Wilms Montt

 


 Autodefinición
 
Soy Teresa Wilms Montt
y aunque nací cien años antes que tú,
mi vida no fue tan distinta a la tuya.
Yo también tuve el privilegio de ser mujer.
Es difícil ser mujer en este mundo.
Tú lo sabes mejor que nadie.
Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida.
Destilé mujer.
Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.
Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.
Cuando me dejaron sola, di compañía.
Cuando quisieron matarme, di vida.
Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.
Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.
Cuando trataron de callarme, grité.
Cuando me golpearon, contesté.
Fui crucificada, muerta y sepultada,
por mi familia y la sociedad.
 
Nací cien años antes que tú
sin embargo te veo igual a mí.
Soy Teresa Wilms Montt,
y no soy apta para señoritas.
 
 
Teresa Wilms Montt
 
 

EL padre de Teresa Wilms era buenmozo, Teresa Wilms Montt

 


 
EL padre (1) de Teresa Wilms era buenmozo. Su madre, altiva, arrogante. Ambos tenían reflejos azules en los ojos. Es en la playa bordeada por un mar verde donde transcurrió la niñez de Teresa,(2) edificando castillos de arena dorada, los que adornaba con rosas en el extremo del asta de la bandera.
Los vientos del sur, los temblores del norte y el aliento de una tierra fecunda alimentaban su febril imaginación con un ritmo loco e intenso.
¡Creció sorprendiéndose al darse cuenta que no se abrían las flores en sus manos!

 
 
1             Federico Guillermo Wilms y Brieba (1867-1943), supuesto descendiente de la realeza prusiana y esposo de Luz Victoria Montt y Montt (1870-1917), bisnieta del presidente de la república Manuel Montt. Se casaron el 25 de octubre de 1891 en Valparaíso. De ese matrimonio nacieron siete hijas: Luz Teresa Rosa, María Inés, Carolina Isabel, Carmen, Victoria Margari-ta, Ana Esperanza y María Teresa de las Mercedes (Teresa Wilms Montt). Teresa era la segunda hija y la preferida de su padre, quien la llamaba «mi Tereso», en alusión al hijo que no tuvo. Y, como se desprende del relato, la primera de ellas era la predilecta de la madre.
 
2     La familia vivía en Viña del Mar, en la calle Viana.
 
 
Teresa Wilms Montt
De Diarios íntimos

VI, Teresa Wilms Montt

 

María Teresa de las Mercedes Wilms Montt, conocida como Thèrése Wilms Montt nació en Viña del Mar el 8 de septiembre de 1893 y murió en París el 24 de diciembre de 1921), fue una escritora chilena considerada una precursora del feminismo, tuvo una vida novelesca.
Rebelde a los valores burgueses de su sociedad, fue internada a la fuerza en un convento por Gustavo Balmaceda, su esposo que era funcionario de la Hacienda chilena ocho años mayor que ella debido a una infidelidad con su primo carnal. Antes de la llegada del invierno, aún con 22 años, Wilms Montt intentó suicidarse. La dosis de morfina que consumió no logró acabar con su vida.
En junio, el poeta Vicente Huidobro la ayudó a escapar del convento. La vistió de negro y, como si acompañara a una viuda, viajó con ella hasta Buenos Aires.
En Buenos Aires, la escritora, de tendencias anarquistas, entró en contacto con el feminismo. Y con un joven poeta chileno que, frustrado ante la falta de correspondencia sentimental de la escritora, se quitó la vida frente a ella. A Horacio Ramos Mejías le dedicó el poemario Anuarí, del que Ramón del Valle-Inclán, su prologuista, escribió: “Estos poemas, como versículos de un libro sagrado, hacen sonar la cadena de los siglos y tienen la misteriosa resonancia de las voces elementales”. La crítica celebró a la poeta a los dos lados del Atlántico.
Intentó ser enfermera en Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, pero fue confundida y apresada como espía alemana.
En Europa, París fue su parada final. Allí la chilena logró ver de nuevo a sus hijas. El trabajo de su exsuegro las había destinado, al menos durante un año, al corazón de Francia. Cada semana, la escritora conseguía pasar con ellas un puñado de horas. La tristeza que le arrancó la separación definitiva la condujo a la depresión. En la Nochebuena de 1921, tras un par de días bajo observación en el hospital Laennec, Teresa Wilms Montt falleció. Había ingerido una dosis letal de veronal, un derivado del ácido barbitúrico ahora ilegalizado que se empleaba entonces como somnífero.
Fue amiga de los escritores Gómez de la Serna, Enrique Gómez Carrillo, Joaquín Edwards Bello, Víctor Domingo Silva y Ramón María del Valle-Inclán.

VI
 
Traigo del fondo del silencio tu mirada; evoco tus ojos… y me estremezco. Aun apagados por la muerte, me producen el efecto del rayo. No ha perecido en ellos el poder fascinador.
Son dos faros azules, que me muestran las irradiaciones magníficas del Infinito; son dos estrellas de primera magnitud, que miran hondo sobre mis penas, perforándolas y agrandando la huella, hasta abrir una brecha infinita como un mundo.
Tus ojos adorados, que fueron reflejos de esa bellísima alma tuya, viven ahora en mi mente nutridos de mi propia vida, adquiriendo brillo en la fuente inagotable de mis lágrimas.
Anuarí. Así como tus ojos me encadenaron a tu vida, ahora me arrastran en tu fosa, invitándome con tentaciones de delirio. Tus ojos son dos imanes ante un abismo. Yo siento la
atracción feroz…
 
 
Teresa Wilms Montt
De En la quietud del mármol, Casa Ed. Blanco, Madrid, 1918.