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sábado, 4 de julio de 2026

El 4 de julio de 1943, se publicó por primera vez en la Argentina, en el suplemento literario de “La Nación”, el “Poema conjetural”,


 

Pablo Anadon escribió y publico esto el 4 de julio de 2018

 

Hace setenta y cinco años, el 4 de julio de 1943, se publicó por primera vez en la Argentina, en el suplemento literario de “La Nación”, el “Poema conjetural”, exactamente un mes después del golpe de estado de aquel año (nuestros golpes de estado ya llevan nombres de años, como sismos, como catástrofes naturales de reiteración periódica): trato de imaginar ―conjeturar, justamente― cómo lo habrán leído ese domingo los lectores habituales del diario y del suplemento, no sólo los “colegas”, los escritores contemporáneos de Borges, sino también los otros, los lectores comunes (aunque hoy los que se detuvieran a leer un poema en un diario, si aún se publicaran, más que “comunes”, cabría definirlos raros, anómalos, casi milagrosos), si con admiración, con indiferencia, con temblor ―“ante la poesía, tanto da temblar como comprender”, observó Fernández Moreno―, con desprecio, con rabia.

 

POEMA CONJETURAL

                      El doctor Francisco Laprida, asesinado

                      el día 22 de setiembre de 1829

                      por los montoneros de Aldao,

                      piensa antes de morir:

 

Zumban las balas en la tarde última.

Hay viento y hay cenizas en el viento,

se dispersan el día y la batalla

deforme, y la victoria es de los otros.

Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

Yo, que estudié las leyes y los cánones,

yo, Francisco Narciso de Laprida,

cuya voz declaró la independencia

de estas crueles provincias, derrotado,

de sangre y de sudor manchado el rostro,

sin esperanza ni temor, perdido,

huyo hacia el Sur por arrabales últimos.

Como aquel capitán del Purgatorio

que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,

fue cegado y tumbado por la muerte

donde un oscuro río pierde el nombre,

así habré de caer. Hoy es el término.

La noche lateral de los pantanos

me acecha y me demora. Oigo los cascos

de mi caliente muerte que me busca

con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre

de sentencias, de libros, de dictámenes

a cielo abierto yaceré entre ciénagas;

pero me endiosa el pecho inexplicable

un júbilo secreto. Al fin me encuentro

con mi destino sudamericano.

A esta ruinosa tarde me llevaba

el laberinto múltiple de pasos

que mis días tejieron desde un día

de la niñez. Al fin he descubierto

la recóndita clave de mis años,

la suerte de Francisco de Laprida,

la letra que faltaba, la perfecta

forma que supo Dios desde el principio.

En el espejo de esta noche alcanzo

mi insospechado rostro eterno. El círculo

se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas

que me buscan. Las befas de mi muerte,

los jinetes, las crines, los caballos,

se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,

ya el duro hierro que me raja el pecho,

el íntimo cuchillo en la garganta.