Pablo Anadon escribió y publico esto el 4 de julio de 2018
Hace setenta y cinco años, el 4 de julio de 1943, se
publicó por primera vez en la Argentina, en el suplemento literario de “La
Nación”, el “Poema conjetural”, exactamente un mes después del golpe de estado
de aquel año (nuestros golpes de estado ya llevan nombres de años, como sismos,
como catástrofes naturales de reiteración periódica): trato de imaginar
―conjeturar, justamente― cómo lo habrán leído ese domingo los lectores
habituales del diario y del suplemento, no sólo los “colegas”, los escritores contemporáneos
de Borges, sino también los otros, los lectores comunes (aunque hoy los que se
detuvieran a leer un poema en un diario, si aún se publicaran, más que
“comunes”, cabría definirlos raros, anómalos, casi milagrosos), si con
admiración, con indiferencia, con temblor ―“ante la poesía, tanto da temblar
como comprender”, observó Fernández Moreno―, con desprecio, con rabia.
POEMA CONJETURAL
El doctor Francisco Laprida, asesinado
el día 22 de setiembre de 1829
por los montoneros de Aldao,
piensa antes de morir:
Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
